La Rana que no tenía nombre

Esta historia que te voy a contar sucedió hace muchos años, inclusive mucho antes de que los abuelos de tus abuelos nacieran. De hecho, fue en el tiempo en el que aún no había nacido ningún ser humano. En aquel entonces no existían los años y los meses como los llamamos nosotros sino que el tiempo era conocido como la edad bestial, es decir, era el reino de los animales.

 Debes de saber que el mundo de antes era un perfecto zoológico. Digo perfecto por que no existían las jaulas ni las cadenas. Los animales no hacían ningún espectáculo para entretener a nadie. Eran libres y tenían su propia vida. Ellos mismos se gobernaban entre ellos, trabajaban juntos y buscaban siempre la paz. Los primeros animales de renombre hicieron cosas fantásticas en los tiempos de antaño. En otra ocasión me gustaría contarte sobre cómo eran aquellos días, pero ahora estamos muy lejos de esa historia. Me refiero a lejos por que después de mucho tiempo, quedaban sólo algunos animales que seguían buscando la paz, pero difícilmente la conseguían.

Después de años de haber tenido el mismo gobierno y de ser una nación unida, los animales que estaban insatisfechos empezaron a establecer sus propias naciones en otros territorios. Pero como es de esperarse del corazón de todos los insatisfechos: siempre están en busca de más. Sus deseos de poder y de conquista dieron inicio a muchas disputas con los otros reyes, y a su tiempo las disputas dieron luz a las tristes y devastadoras guerras. La primera de ellas había sucedido siglos atrás y fue un golpe duro para el reino de los animales. Aquella noche triste que marcó el fin de la primera gran guerra y vio la muerte de muchas bestias, se sigue recordando con los años. Inclusive al día de hoy, aún y cuando los animales han dejado de hablar (o al menos así lo creen muchos), el reino animal recuerda aquella noche como La noche de las mil lagrimas. Y ahora, después de muchos años y sin haber aprendido la lección, la edad bestial se encontraba en medio de la tercera gran guerra.

Sucedió que el rey de la nación del sur había declarado la guerra a la nación del norte, la primera y gran nación del reino animal. El rey del sur era el más obstinado y orgulloso de todos los reyes animales. Tiempo atrás, sus antepasados habían sido expulsados de la nación del norte por su árido temperamento y fueron a habitar al sur para crear su propia nación. Ahora, su último y único descendiente llevaba la batuta del reino. Kuma era el nombre del rey, pero todos lo conocían como el Oso Escarlata. No buscaba simplemente tomar la gran nación del norte, sino que también quería venganza. Y así fue que la nación del sur avanzó con su ejercito para dar inicio a la tercera gran guerra animal. 

El reino del norte era muy diferente al reino del sur. No solamente por el rey que estaba al mando, sino también el pueblo y la tierra eran muy diferentes. No era algo extraño que otros pueblos quisieran conquistar esta nación. Sus tierras eran buenas productoras de papa, rábanos, frambuesas y almendras. Los conejos hacían bien su trabajo en la agricultura y los zorros se encargaban de exportar e importar comida mediterránea con los botes que arribaban al puerto. Los habitantes del norte, al igual que en cualquier pueblo que hayas conocido, tenían sus rutinas cotidianas. Todos ellos trabajaban por el bienestar de la nación. 

El gran rey Saru, un chimpancé cubierto de canas pero firme como un roble, se había encargado de mantener el reino del norte en su más alto apogeo. Esto no fue sólo obra de sus manos sino que Saru provenía de un linaje inquebrantable de reyes que habían dado hasta su último aliento con la esperanza de ver crecer este país. Por las venas de Saru corría la sangre del primer rey y fundador del norte: el gran Lenaga, “el domador de elefantes”. Saru hacía honor a esa dinastía. Había aprendido bien de sus ancestros e inclusive había sido mejor que sus maestros. Aún en sus últimos años de vida, algunas naciones extranjeras lo visitaban para recibir un sabio consejo. 

A cientos kilómetros de distancia, el reino del sur había adelantado filas y avanzaba a paso veloz. La noticia no demoró en llegar al reino del norte y el gran rey chimpancé inició a idear un plan de batalla. Su segundo estratega de guerra y amigo de la infancia, Barfa el búfalo, hizo sonar su largo y despampanante cuerno. Aún no terminaban de descansar sus pulmones cuando ya se habían reunido frente al palacio real todo el ejército en sus respectivos lugares. Los armadillos expertos en tiro de arco fueron los primeros en llegar. Sus flechas eran más precisas que los aguijones de las avispas y más letales que el veneno de la cobra. Los canguros rojos también acudieron al llamado. Como siempre presentando al servicio del rey sus lanzas bien afiladas entre sus manos. Se dice que podían encogerse a una baja estatura y brincar hasta alcanzar el cuello de la jirafa.

También se presentaron delante del rey los rinocerontes de 3 cuernos y las águilas imperiales, las cuales moraban en la montaña más alta del reino y llegaban a medir hasta 10 metros y pesar 300 kilos.

Pero de entre todos estos, los más hábiles del ejército eran los quince guerreros de la guardia real. Eran conocidos como los soldados Senshi. Catorce de ellos eran chimpancés diestros en la espada, o mejor dicho en las espadas, ya que tenían una en cada mano y en cada píe. Estaban armados de cola a cabeza y con un escudo de madera de roble atado a sus espaldas. Todos ellos eran parte de la familia sanguínea del emperador Saru. Desde pequeños fueron entrenados con el único propósito de defender el cuello de su capitán y preservar así el linaje de la dinastía de los primates. Pero el guerrero número quince era diferente a todos ellos. A diferencia de los otros catorce, él era único en su especie en todo el país. No tenía padre ni madre y su aspecto era diverso al de los demás. Llevaba siempre un sombrero de paja y sandalias. A pesar de que su armadura era antigua y muy parecida a la de un samurai japonés, reflejaba la luz de la luna llena que se alzaba aquella noche. Llevaba como arma una espada y al igual que su boca, la usaba sabiamente. Era callado y reservado en su andar. De entre los quince él era el más hábil y el más fiel. Rana le decían, ya que nunca nadie conoció jamás su verdadero nombre.

 

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